El impacto emocional detrás del uso del crédito para gastos cotidianos y el acompañamiento de la Defensoría para garantizar un proyecto de vida digno.
El acceso al crédito puede constituir una herramienta legítima para resolver necesidades, realizar proyectos o afrontar situaciones extraordinarias. Sin embargo, cuando las obligaciones financieras comienzan a comprometer una proporción significativa de los ingresos o se utilizan de manera recurrente para sostener gastos cotidianos, la deuda puede dejar de ser únicamente un instrumento financiero y transformarse en una condición que atraviesa múltiples dimensiones de la vida.
Hablar de endeudamiento suele llevarnos rápidamente al terreno de los números: cuánto se debe, cuál es la tasa de interés, qué porcentaje de los ingresos se destina al pago de la tarjeta, cuánto queda pendiente de un préstamo o qué sucede cuando una persona entra en mora. Pero una deuda no se expresa solamente en una cuenta bancaria.
También puede aparecer en la vida cotidiana como preocupación, incertidumbre, angustia, vergüenza, ansiedad, miedo, pérdida de tranquilidad, dificultad para proyectar y sensación de no encontrar una salida. Por eso, abordar el endeudamiento desde una perspectiva de derechos requiere también preguntarnos qué sucede con las personas que están detrás de esas cifras.
Cuando los ingresos dejan de alcanzar y el crédito comienza a utilizarse para sostener gastos cotidianos, pagar servicios, comprar alimentos, cubrir necesidades familiares o cancelar otras obligaciones, el endeudamiento puede transformarse en una dinámica difícil de interrumpir. La deuda se transforma, entonces, como una preocupación permanente, que comienza a ocupar cada vez más espacio en la vida.
Del problema financiero al problema psicosocial
El endeudamiento puede afectar diferentes dimensiones de la vida de una persona: su bienestar emocional, su descanso y capacidad de desconexión, sus relaciones familiares y de pareja, sus decisiones cotidianas, su capacidad de proyectar, su participación social, su percepción de autonomía y, en situaciones de mayor vulnerabilidad, su salud física y mental.
En este sentido, no toda persona endeudada necesariamente desarrolla un problema vinculado a la salud mental, pero la evidencia permite afirmar que las situaciones de endeudamiento constituyen un factor de estrés que puede incrementar la vulnerabilidad, especialmente cuando se combina con precariedad económica, falta de redes de apoyo, presión de cobranza y sensación de pérdida de control.
Hay investigaciones que ya han documentado la presencia de sentimientos de vergüenza, culpa y responsabilidad individual asociados a la experiencia del endeudamiento y esto tiene una consecuencia social relevante: cuando la deuda se vive como vergüenza, puede dejar de buscarse ayuda. Y cuando no se pide ayuda, el problema puede profundizarse.
Por eso, acompañar a una persona endeudada no debe limitarse a indicarle qué hacer con sus números, también implica generar condiciones para que pueda hablar de lo que le está pasando sin sentirse juzgada.
Ante este escenario, la Defensoría del Pueblo bonaerense es un organismo clave para que las personas acerquen sus reclamos y situaciones específicas de endeudamiento, para buscar una solución que parta desde la escucha, la atención y el acompañamiento específico e individual de cada situación financiera.
Una perspectiva de derechos también implica cuidar
Desde una perspectiva de derechos, acompañar situaciones de endeudamiento supone reconocer que detrás de cada obligación financiera existe una persona situada en un contexto económico, familiar y social determinado.
No se trata de responsabilizar individualmente a quien atraviesa una situación de deuda. Tampoco de negar la importancia de la educación financiera o de las decisiones personales. Se trata de comprender que las decisiones económicas se toman dentro de determinadas condiciones sociales y materiales.
¿Cómo acompañamos a una persona cuya deuda está afectando su vida? Esa es una pregunta que en organismo de derechos como la Defensoría nos hacemos. La diferencia no es menor, porque resolver una obligación financiera es necesario, pero recuperar la capacidad de decidir, proyectar, pedir ayuda y volver a sentir cierto control sobre la propia vida también forma parte de la posibilidad de que cada persona pueda llevar adelante un derecho humano fundamental: tener un proyecto de vida digno.