Por Walter Martello Defensor del Pueblo
Adjunto de la Pcia. de Buenos Aires
Responsable del Observatorio de Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes.
Cada 21 de marzo, el Día Mundial del Síndrome de Down nos invita a detenernos y reflexionar con el corazón sobre las deudas que, como sociedad, aún tenemos pendientes. Este 2026, bajo el lema global “Juntos contra la soledad”, la ONU pone luz sobre una realidad que muchas veces transcurre en silencio: el aislamiento que afecta profundamente a las personas con trisomía 21 y a sus familias.
Desde el Observatorio de Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes de la Defensoría del Pueblo bonaerense, alzamos la voz para advertir que la soledad no es solo un sentimiento individual. Es, tristemente, una construcción social alimentada por la exclusión y el estigma.
No es suficiente que nuestros niños, niñas y adolescentes (NNyA) con Síndrome de Down simplemente "estén" en los lugares; nuestro verdadero desafío es lograr que se sientan conectados, incluidos y profundamente respetados.
El respeto nace en nuestras palabras
La discriminación, a menudo, comienza de forma sutil en el lenguaje. El uso de términos como "mogólico" a modo de insulto no es un error inocente ni un chiste; es un acto de violencia simbólica que hiere. Esta expresión, basada en errores científicos de hace más de 60 años y rechazada por la OMS, solo sirve para denigrar la inteligencia de otro y reforzar estigmas.
Debemos comprender que una condición de vida jamás debe ser un insulto. El respeto es el único camino posible para construir una cultura de derechos humanos donde nadie se sienta avergonzado de quién es.
Datos que nos interpelan y nos comprometen
Los datos de la Red Nacional de Anomalías Congénitas (RENAC) confirman que la prevalencia del Síndrome de Down en Argentina se mantiene en niveles elevados, con un incremento sostenido en la última década. Para diseñar políticas que abracen la realidad de cada familia, necesitamos visibilidad estadística.
Argentina presenta una tasa de prevalencia que casi duplica a los registros europeos. Esta diferencia responde a la estructura legal y cultural de nuestro país, donde la gran mayoría de los embarazos con diagnóstico de Trisomía 21 llegan a término. Esta realidad genera una responsabilidad para el Estado: garantizar salud, educación e inclusión desde el primer día de vida.
Si bien Argentina dio un paso de gigante con la Ley Nacional de Diagnóstico Humanizado (N° 27.716), que garantiza el derecho de las familias a recibir la noticia en un entorno de empatía y privacidad, aún nos falta mucho. La falta de una reglamentación plena a nivel nacional hace que, en muchos casos, este derecho sea solo una expresión de deseos.
Todavía escuchamos relatos dolorosos de madres y padres que reciben el diagnóstico en la frialdad de un pasillo o a través de frases desesperanzadoras. Es urgente que el Estado asegure que esta ley sea operativa para proteger la dignidad de cada nueva vida.
La inclusión real debe latir en tres ejes fundamentales:
Educación: aulas donde la diversidad sea celebrada como un valor y no como una carga.
Trabajo: cupos laborales que fomenten la pertenencia y el desarrollo profesional.
Comunidad: espacios públicos donde la interacción sea natural y libre de prejuicios.
La soledad es una carga pesada que puede derivar en ansiedad y depresión. Combatirla es una responsabilidad compartida entre gobiernos, escuelas y cada uno de nosotros como ciudadanos.
En este Día Mundial del Síndrome de Down, reafirmamos nuestro compromiso: seguiremos exigiendo que las leyes se cumplan y que nuestras palabras sean puentes que nos acerquen, nunca muros que nos separen. Porque la verdadera inclusión ocurre cuando, finalmente, nadie queda solo.