La brecha salarial es una de la expresiones más visibles de una desigualdad estructural, que organiza de manera diferencial el acceso de mujeres y varones a los ingresos, al tiempo, a las oportunidades y a la autonomía.
De acuerdo con datos del INDEC, la brecha en la remuneración promedio entre mujeres y varones con salario registrado es del 28%. En el empleo informal, la distancia se amplía al 44%, lo que demuestra que la desigualdad se profundiza en contextos de mayor precarización. Lejos de reducirse con la trayectoria laboral, la brecha tiende a incrementarse: entre trabajadoras registradas de 50 años o más alcanza el 32,2%.
No obstante, reducir el problema a una diferencia de ingresos resulta insuficiente. La brecha no comienza en el salario ni se agota en él: se origina en la organización social del cuidado, y se proyecta en la autonomía económica y en el acceso a la seguridad social. Según el INDEC, el 79,8% de las mujeres accede a una jubilación a través de moratorias, frente al 49,3% de los varones. La desigualdad en el mercado de trabajo se traduce así en desigualdad en el retiro.
En esta línea, existen factores persistentes que explican su magnitud. El primero es la sobrerrepresentación de mujeres en sectores históricamente peor remunerados y más precarizados —enseñanza, salud, servicios sociales, trabajo doméstico—, donde los salarios son más bajos y las condiciones, más inestables. El segundo es su menor presencia en cargos jerárquicos: en sectores estratégicos como el tecnológico o en posiciones de conducción, la participación femenina sigue siendo minoritaria y la brecha de ingresos se agranda a medida que sube la jerarquía. El tercero, quizás el más invisible, es la distribución desigual del trabajo de cuidados: las mujeres destinan considerablemente más tiempo a tareas no remuneradas, lo que condiciona su inserción laboral, reduce su disponibilidad para empleos de tiempo completo y acorta sus trayectorias de crecimiento profesional.
Esto implica que la desigualdad no se resuelve con el solo ingreso de más mujeres al mercado laboral. También exige revisar cómo se distribuyen a su interior el reconocimiento, la igualdad salarial y las oportunidades reales de decisión. Esto implica que la desigualdad no se resuelve con el solo ingreso de más mujeres al mercado laboral. También exige revisar cómo se distribuyen a su interior el reconocimiento, la igualdad salarial y las oportunidades reales de decisión.
La brecha tiene, además, expresión territorial. Su intensidad varía según la región del país, lo que confirma que las desigualdades de género dialogan con las condiciones económicas y laborales de cada territorio.
Por todo esto, pensar la igualdad salarial requiere una mirada que vaya más allá de los números agregados y analice en qué sectores trabajan las mujeres, bajo qué condiciones, cuánto tiempo destinan al cuidado y qué posibilidades concretas tienen de acceder a puestos de decisión. Cerrar la brecha salarial es una condición necesaria y urgente para la construcción de una sociedad más justa e igualitaria.
En este marco, desde la Defensoría del Pueblo de la provincia de Buenos Aires, a través de la Dirección de Políticas de Igualdad, se impulsan acciones orientadas a sensibilizar, visibilizar y transformar estas desigualdades. A través de espacios de formación y participación, producción de información y campañas de comunicación, se apunta no sólo a dar cuenta de las brechas existentes, sino también a promover cambios culturales e institucionales que garanticen el ejercicio efectivo de derechos en condiciones de equidad.