En el Día del Veterano/a y de los Caídos en la Guerra de Malvinas, visibilizamos el rol de las mujeres y disidencias cuya participación fue sistemáticamente invisibilizada durante décadas — y cuyas voces revelan una dimensión de violencia que la memoria oficial aún no ha incorporado.
Más de 23 mil personas conscriptas fueron enviadas a Malvinas. Lo que durante décadas no se dijo es que el ejército que llegó a las islas fue sostenido también por mujeres. Mujeres que cuidaron a los heridos, que operaron, que navegaron, que aguantaron. Y que cuando volvieron, tuvieron que cargar además con el silencio.
16 mujeres fueron reconocidas oficialmente por el Ministerio de Defensa como participantes en el teatro de operaciones. Recién en 2012. Treinta años después. Las que actuaron desde el continente todavía esperan ese reconocimiento.
Fuente: Ministerio de Defensa de la Nación · 2012
El personal de apoyo en Malvinas operó en dos frentes: en las propias islas y desde las bases y hospitales del continente. En ambos espacios hubo mujeres. Enfermeras, instrumentadoras quirúrgicas, integrantes de la marina mercante, cadetes. Cada una cumplió funciones que fueron fundamentales para sostener a los combatientes.
Sin ese soporte, muchos no habrían sobrevivido. Y sin embargo, cuando terminó la guerra, la historia oficial las dejó afuera del relato.
Sus testimonios no solo completan el mapa de lo que pasó en Malvinas. También revelan algo que la memoria oficial nunca quiso nombrar: que dentro de la propia estructura militar, sobre estas mujeres se ejerció violencia. Violencia por razones de género, sostenida por la jerarquía y blindada por el miedo a las represalias.
"Éramos chicas muy jóvenes y ellos tenían poder sobre nosotras. Nos obligaban a callarnos. Era eso o las sanciones."
Nancy Stancato — tenía entre 16 y 17 años al momento de la guerra
"Habían pasado cosas… cosas feas." Claudia Patricia Lorenzini — enfermera
Alicia Reynoso lo dijo con claridad: muchas atravesaron situaciones similares sin poder hablar. No fue una experiencia individual, fue un patrón. Una violencia ejercida por superiores directos dentro de la cadena de mando, en un contexto donde resistirse era exponerse a consecuencias.
Nombrar lo que pasó no es desviar el foco de la conmemoración. Es ampliarla. Los abusos que describen estos testimonios no ocurrieron a pesar de la institución militar: ocurrieron dentro de ella, habilitados por su lógica jerárquica. Eso tiene nombre: violencia institucional de género.
El silencio posterior —"durante años lo guardé, no podía decirlo"— no fue una elección libre. Fue el resultado del impacto psíquico de lo vivido y de las condiciones que lo hicieron imposible de decir. Reconocer eso también es parte de hacer memoria.
Exigimos el reconocimiento oficial y pleno de todas las mujeres y disidencias que participaron en la Guerra de Malvinas — en el teatro de operaciones y desde el continente. La memoria no puede ser completa mientras siga siendo parcial.